“ … Un hombre ha gritado libertad y las cárceles vuelan” Miguel Hernández
Los presos políticos, como un cometa insomne que cruzara el
firmamento, recorren día tras día la geografía del mundo. Cubren con su
presencia acusadora la cartografía del poder. Y sabido es, por muy
paradójico que resulte, que su trashumancia no riñe con el confinamiento
entre infames barrotes.
Son ellos como un arco iris cuya luz confronta y avergüenza las
poltronas del poder donde se asienta la mezquindad del hombre. Porque en
ningún campo –entre los muchos que son- muestra el poder, sobre todo el
que ejercen los menos contra los más y en obsequio de fetiches dorados,
la tesitura de su corazón. Que no es problema sentimental, ni de ese
órgano a veces tan denostado, otras tan encomiado, por lo general
injustamente en ambos casos. Es problema ideológico, de concepciones
políticas sobre economía y el Estado funcional a ella. No son por
minucias los grilletes y cadenas, las rejas y los azotes, los calabozos
infectados y pestilentes.
El brillo que emana de la vida y obra del preso político sobrevive en
las condiciones que la crueldad del carcelero creó. Y este no es el
infeliz, el pobre hombre que apenas cierra aldabones y asegura candados
como razón de su vida, sino que es el instrumento de algo mayor que para
poder existir impone esas condiciones.
Los presos políticos son entonces una condición esencial al poder,
incluidos los regímenes que se reconocen y hacen llamar democráticos.
Pero como esa categoría de cautivos les abochorna al evidenciarles la
mentira de tal calidad, lo primero que hacen es negarlos. Así, los
presos políticos sufren un primer maltrato, duro escollo para su
reivindicación y defensa: no existen. Pero como de hecho existen, los
gobiernos “democráticos” los reconocen, sí, pero como criminales. De
derecho común; y no simples ladrones o estafadores, sino de la peor
estirpe.
Inclusive, ellos, los “demócratas” que nunca han creído en eso de
“crímenes de lesa humanidad” porque los toca muy de cerca, ahora no se
quitan de la boca ese calificativo para endilgárselo a los presos
políticos y justificar el por qué los recluye en sus mazmorras en tan
malas condiciones.
En
Colombia es ya proverbial la
figura del preso político. Miles de ellos en sus diferentes categorías:
desde el prisionero de guerra y el opositor político, hasta el puro de
conciencia, recluido por su forma de ser, de pensar o de pertenecer. O
es víctima de una celada judicial. Todos luchando contra la negación y
la discriminación, vulneraciones especiales de las que se les hace
víctimas, en un sistema carcelario militarizado en aplicación de la
figura del “derecho penal del enemigo”.
Enfrentando un sistema judicial rehén y apéndice del Ejecutivo a
través de sus organismos policiales, Ejecutivo que, para facilitar ese
despotismo, impuso en el parlamento leyes inicuas. Así, confrontando ese
Leviatán, se ven los presos en una maraña de tipos penales abiertos,
ambiguos y duplicados, que permiten que una sindicación por rebelión al
mismo tiempo lo sea por concierto delictivo, terrorismo, porte de armas y
uso de insignias de la Fuerza Pública. ¿Conclusión? La proscrita cadena
perpetua, sólo que dosificada, bien aspectada y pulcramente procesada,
en acatamiento –alegan- de los principios de legalidad y el debido
proceso.
Y en medio de ello, y a pesar de ello, los presos políticos en
Colombia
y en el mundo, estudian, escriben, hacen teatro, elaboran propuestas de
una patria mejor y hasta animan procesos sociales del exterior. ¡Y
envían cartas estimulando a quienes están afuera! Y le dicen al
carcelero que más dura es su prisión porque su única esperanza es la
paga, y ellos sí no se liberan de los barrotes en la noche porque no
tienen sueños de libertad.
Por ellos, es por lo que la Comisión de
Solidaridad con los Presos Políticos del Partido Comunista, en este diciembre de 2013 invita a los
colombianos
solidarios y sensibles a dar su aporte generoso en dinero, ropa, útiles
de aseo y elementos de estudio, para hacer menos dura la Navidad de
estos compatriotas. Aporte que puede ser llevado a la carrera 16 Nº
31A-49 en Bogotá, o por medio del teléfono 320 32 04. ¡Feliz Navidad!
Aunque no estamos todos. ¡Faltan los presos políticos!
Semanario Voz